Presentación de «Trae tu espalda para hacer mi mesa» por Alberto Hernández

[Texto de Alberto Hernández leído como presentación en Maracay 

del poemario de Lena Yau «Trae tu espalda para hacer tu mesa»]


Alberto Hernández

Maracay (Venezuela), 6 julio 2015


1

 

La voz de Lena Yau insiste. Luego de «Hormigas en la lengua», novela que levita sobre un poema, se nos presenta con «Trae tu espalda para hacer mi mesa», poemario donde la palabra se paladea, es voz con sabores, gastronomía, comida con apellidos distintos, sueños y erotismo.

 

La imagen que sugiere el título estimula un verbo imperativo, pero contiene además la fuerza del acompañamiento, el forjamiento de un espacio para la celebración: cuerpo y objeto se conjugan para compartir la comida y las bebidas. «Trae tu espalda / para hacer mi mesa» se abre a muchos significados, pero la imagen gráfica impera en el ojo: un hombre se dobla y sobre su flexible columna vertebral se coloca el mantel. Se colocan las servilletas, los cubiertos, las flores de adorno y hasta unos cirios si se trata de un aniversario o de una primera cita amorosa. La comida llega e instala el convite. Otra imagen vertiginosamente creativa nos empuja a pensar en la idea de alguien que forma parte de la comida, de la deglución, que es objeto del comer, que se come. El amor es alimenticio, se mastica, se degusta.

 

El surrealismo valida el momento de sentarse frente a un cuerpo dominado por el lujo de un almuerzo. De una cena, de un momento íntimo, de una erótica de la digestión. La poesía comienza en el título.

 

Libro enunciativo que no abrevia en voces: tiene varias escrituras. Se escribe y se vierten cuerpo y hambre sobre las palabras. Libro polifónico, abierto a todas las posibilidades, donde lo aforístico también tiene su espacio.

 

La persona que habla en estas páginas no deja de ser un sujeto tratante de la literatura, en cuanto texto que se lee, y recapacita sobre su significado. Escribe quien actúa: no solo es el tema, es también el actante: «Preparábamos conferencias. / Me tocaba hablar de literatura y hambre. / Escribía a mano algunas ideas y contaba cuentos de panacota. / Tenía más ponentes/comensales que panacotas. / Si fueran tartas, pensaba, podría dividirlas. / Volví a contar».

 

El poema es un relato experiencial. Una vertiente de la realidad cotidiana: da conferencias, habla de gastronomía y del hambre, pero no puede repartirse a todos. Cuenta (relata), pero también cuenta (enumera).

 

La mesa está servida. Sobre tu espalda, sobre tu cuerpo —amado o no—, sirvo la mesa, sirvo también el alimento que otro no pudo llevarse a la boca, diría en primera persona y en silencio.

 

Extraña manera de iniciar un libro de poesía. Pero poesía al fin, rara en estos tiempos de desmesura, de hambre de letras y de alimentos para el estómago.

 

2

 

La persona misma que habla, calla y se crea para hablar reúne un grupo de versos que mantienen la atención afilada del lector. Los mecanismos del lenguaje se prestan a este juego: participan las imágenes y destejen el proceso cotidiano. El tema genera una «vocación conclusiva» (Miguel Casado), que resolverá el lector avezado, avisado y avispado. ¿Quién no alienta los deseos de leer un texto corto que le imprima sorpresa? ¿Quién no acepta que lo encaren con inteligencia, sobre todo, si se trata de imágenes sugerentes e inclusive anhelantes?

 

3

 

La parte segunda de este libro, titulada Los cuentos de Jelly Beans, nos asocia con los granos, los porotos, los frijoles, las caraotas negras y demás especies que nos han salvado de perder hierro, proteínas y fortaleza. Los platos se conservan llenos durante un rato, mientras un hombre y una mujer se observan. Pasada la cinta fílmica, solo los rastros, las huellas, las sobras. ¿Quedan sobras?

 

El poema se resiste a no quedar agradecido a los sabores, a no estar lleno de comida e ilusiones, que el hambre suele escapar por cualquier lado.

 

4

 

Y de seguidas, sorbo a sorbo, nombra el amor y demás sentidos del cuerpo y del espíritu, porque beber asoma ese interior deseado que está mucho más allá de la gula o de la conducta del gurmé. Olores, sabores y deseos: las cotufas, palomitas de maíz o popcorn, las margaritas, las bebidas suntuosamente tropicales entre las que reina el mango, el yogur de ciruelas pasas y hasta el chicle, una suerte de estructura textual que se estira —como una bomba en la boca—, que crece y luego se desinfla. 

 

5


La escritura de este libro se aposenta en unas Relecturas que favorecen los nombres de Claude Lévi-Strauss, en medio del humo de la carne asada, las ramas de los manzanos de David Foster Wallace, el mito de Ulises, el largo ensueño, el costillar deseado, el de la dama que espera y el que se lleva a la boca. O el relato, en páginas anteriores, de Adriano González León en una amorosa misiva, suerte de reclamo por la ausencia, por los tragos compartidos, por las palabras cruzadas en el interior del carro y un ¡cállate! afectivo que conmueve. Roberto Bolaño sumido por el arroz blanco como materia de enseñanza en la cocina. Y Montejo en el taller blanco donde la poesía se hizo pan y palabras en los adentros de sus lectores.

 

6

 

Un libro para tantas teorías. Un libro que es varios libros. Un libro para reanimar contextos, despabilar la memoria mientras hierve el agua del café o se absuelven los raviolis de su impasible degustación. Una tonada para despecharse a la orilla de una olla, con kétchup entre los versos. Una canción, el recuerdo de Georgia On My Mind en la voz de Ella Fitzgerald. Hasta nuestro amargo de Angostura para el ron, para la delicia de las primeras horas de la noche.

 

Una escritura adobada con estas letras: «Su palabra en la pantalla, / cadáver que intento reanimar». El amor, el desapego, la sospecha. Siempre la comida: eje temático que se asiste con la aborigen catara. Sin olvidar que hay un sujeto conservado en Carta al hombre ubicuo atravesado en plena vía afectiva: «Amar es comer. / Comer lo que come el otro. / Comer al otro».

 

¿Cuánto tiempo el cuerpo devorado, la voz silenciosa de quien sostiene sobras y cubertería? Del mantel a las sábanas, sabores, olores: el amor como alimento, sustrato erótico que habita en proteínas y carbohidratos. Momentos que se hacen íntimos hasta el final, donde también hay viajes, norteñas habilitaciones, es decir: la poesía es un periplo, una travesía, un destino seguro en el que siempre quedará un instante para saborear la vida.

 

7

 

Y así hasta Arcimboldo o el espejo donde dos voces juegan con el lector. La vainilla francesa, los enseres sobre alguna mesa vertebrada. O sobre la misma tierra en la que la poeta resume el despertar, el volver a la realidad luego de su paseo por la niñez: «creo que mi editor / planifica mi muerte / una muerte de lino, plata y porcelana / una muerte cruel».


El mundo se mueve, los ojos van y vienen mientras el cielo es un mapa de nubes. La misma voz se mece en un columpio. Describe su pequeño universo, su figura y luego: «Me leo y me escribo en el sueño. / Si falta el aire acudo a un nombre». Eco onírico, el ahogo, alguien que recurre ante el llamado. El poema se desliza hasta esta imagen que queda sonando en el aire: «Soy un camino que no se comerán los pájaros».

 

El tiempo no deja de moverse. La voz retorna a un sitio siempre inesperado. Nueva York y sus laberintos, la ciudad evadida, su clima, un espejo que reproduce mitos y olvidos. Ella, quien viaja, descuelga al final del sendero esta poética: «Se escribe un poema / en el revés de lo que hubo».

 

Y después el silencio. El libro duerme sobre una repisa, sobre un lado de la cama, cerca de la computadora donde quedará plasmado este texto que acabo de imaginar.

 

 

Lena Yau - Trae tu espalda para hacer mi mesa
«Bautizo» del libro con semillas de cacao de la costa de Aragua

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